Las cosas que me gustan...

  • Me agradaría saber que pertenezco a una especie que fuera capaz de respetar la vida en todas sus expresiones y convertir al Planeta en un gran hogar para todos...
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sábado, 30 de marzo de 2019

La soledad de los objetos...

De repente me vi, fuera del mundo, más allá de lo inteligible.
Y en el silencioso espacio de lo que llamamos vida
yacían mis objetos, como esperándome.
Aquí y allá los libros, los olvidados, los antiguos, los nuevos.
Mis cuadernos de escritura, las pequeñas libretas ayuda-memoria,
la taza preferida, el espejo del aparador antiguo,
las cajas con fotos, las historias rotas, los sueños a cumplir.
En el placard los vestidos de fiesta, los trajes de danza,
el vestido bordado del ajuar de mi tía, mis guardapolvos del
Jardín de Infantes, el de la Primera Comunión...
Las aspas del ventilador detenidas, la cama sin tender,
cortinas bajas, sillas con almohadones, una birome azul.
En la cochera el auto que ansía las rutas, y en el techo
los llamadores de ángeles, los atrapasueños.
Un racimo de uvas negras, una frutera, los recuerdos
recientes de los objetos amados por mi abuela y mi madre.
La puerta cerrada. Las plantas...tristes. Y una nube blanca
pasando despacio sobre mi lapacho rosa.
El jazmín esparciendo aromas de nostalgia,
errantes los caracoles, callados los pájaros.
Una pequeña olla, un par de cubiertos, un vaso azul, dos
compoteras, la cuchilla de mi padre, su ponchillo beige, la biblioteca de mi hijo,
su escritorio, sus pinturas, las cajas con apuntes,
mi computadora, las agujas de tejer, los ovillos, el centímetro,
los collares de mis perros, las cuchitas revueltas,
los dibujos de mi sobrina, mis peluches, mis muñecas.

Y llegarán ellos, propios y extraños, y casi sin reconocer
a los testigos, pasarán raudos, esquivando el llamado,
aferrados al presente.

Consciente de todo me pregunto si he muerto.
Elevando mi mano tejo los recuerdos.
Y quizá lloro...por ellos, por mi, por los otros.

Absoluta visión de lo efímero, y de lo trascendente.*

Y un haz de luz iluminó aquel sendero...
                                                                                            Texto y fotografía: mao.

sábado, 4 de octubre de 2014

Desencanto.

Allí va su hada,
por el campo abierto,
y lleva en las manos
rosas con espinas.

Jirones de seda
tiene su vestido,
su vestido negro
como anochecido.

Llueve, llueve y truena,
tras de una quimera,
le duelen los ojos
en cristales rotos.

Sus pies van descalzos,
horadando hierbas;
su frágil cintura
cimbrea recuerdos.

Bajan por su cuello
el agua y los besos,
esos que encendieron
 rojas amapolas
en su blanca piel.

Frío, siente todo el frío
...y ya no es invierno.
Le tirita el alma
al paso del viento.

Corre, corre, huye.
La persigue un sueño,
un mágico sueño
que acuñó despacio,
en atardeceres
rojos y vibrantes,
con cielos tan límpidos
cual agua de fuente,
con trinos de aves
en las alboradas,
con frescas fragancias
de jazmines blancos.

Se derrumba el mundo
tras de la montaña,
ella nada mira,
sólo se desangra.

Le pasa la vida
de frente, aterida.
La mira la muerte,
no muy convencida.

Éste no es tu tiempo
-le he dicho, serena-
pero ella le insiste
que la lleve lejos.

Todo el horizonte
se ha borrado ahora.
Se ovilla en sí misma.
Pasan, como en cinta,
todos los instantes.

Late el corazón,
dolorosamente

No avizora salidas.

A pesar de todo,
pasa la lluvia,
pasa la noche,
todo es pasar.

Al amanecer,
brilla el lucero.

Y la vida la retiene aún.***