Las cosas que me gustan...

  • Me agradaría saber que pertenezco a una especie que fuera capaz de respetar la vida en todas sus expresiones y convertir al Planeta en un gran hogar para todos...

viernes, 6 de marzo de 2020

En sepia...

   Desplazarse, caminar, dejar que la brisa me acompañe, sentir que somos una y sonreír.
Atrás han quedado, como detenidas en el tiempo, la interminable sucesión de rostros y de imágenes, las risas, las lágrimas, los anhelos truncos...
Un viejo y descascarado muñeco de yeso, vestido de azul, en sillita de madera. La calle es tan larga, tan infinitamente larga.
Los postigos verdes golpean, llaman... tal vez ellos los cierren, y será para siempre.
Una niña canta junto a los pájaros, encaramada feliz en la rama del mimbre gigantesco...o no tanto tal vez, sólo que ella es pequeña y frágil.
Antes, mucho antes, otra niña trepaba a los árboles para ver desde lejos llegar por el campo a su mejor amiga, Nené, mi madre, mi abuela, mis raíces.

Y arriba, arriba, surcaban los sueños caminos de estrellas.-***
Hubo un tiempo en el cual todo era posible...

miércoles, 12 de febrero de 2020

Pinceladas.

   Amo los instantes donde sueño que puedo detenerlos,
como cuando rodeo con la mirada el contorno de la luna,
la forma de un rostro, la magnificencia de un paisaje...

   Me gusta creerme dueña del silencio, amiga de la brisa,
traductora de los pájaros, e hilvanar canciones con versos
que no riman y notas bailadoras.

   Y suelo detenerme en medio de la gente, sólo para percibir
que no estoy robotizada; mirar los parpadeos del sol entre las 
verdes frondas de los árboles y los círculos perfectos en la
superficie del agua.

   Imaginar, por ejemplo, que cada tanto soy niña nuevamente,
e intrépida me subo a las ramas del mimbre, y vuelvo a escuchar, con profunda alegría, las voces de mis seres amados.

   Que amaso con fruición el barro y aparecen figuras pequeñas
de animales; que sigo atenta el vuelo errático de las mariposas y en las noches de verano me dejo guiar por los bichitos de luz.

   Es la infancia que nunca se marcha para siempre, que regresa y se instala en medio de mi pecho cuando estoy muy triste, que me seca las lágrimas si se pelan mis rodillas y me convida masitas con azúcar impalpable.

   Y es así como logro hablar con las hormigas, escuchar las abejas, y en los otoños dorados esconderme en los huecos de los 
árboles viejos y desplegar mi biblioteca diminuta de cuentos entrañables, de relatos familiares, de conversaciones bajo las 
estrellas, con faroles suspendidos de la luna, en cuarto creciente, o menguante...

   ¿Y cómo asegurar que no existen esos mundos?
Yo sostengo que sí...nadie encontrará argumentos para convencerme de lo contrario.***



Inolvidables voces anidan en mi alma...

jueves, 26 de diciembre de 2019

La última oración...

Sentado allí, a la orilla de la nada,
con esa expresión tan dolorosa
que me impidió verte en tu versión de niño...
Eras como la última brasa convertida en ceniza gris,
como la úlcera cruel de un dolor que se arrastra,
como grilletes pesados del sinsentido.

Y yo...que sin comprenderte tanto te he descifrado,
sentí que ya no había palabras, que habían muerto
los discursos, que mi imaginación no podía 
fabricarte un mundo, dotarlo de sentido y
prestártelo...como cuando éramos chicos.

Entonces me derrotó el cansancio,
el llanto hizo un nudo fuerte en mi garganta,
no quise verte así...tan derrotado...***

                                                              Texto y fotografía:
                                                                                         mao.
                                                                                       

sábado, 30 de noviembre de 2019

La frontera.

Justo allí, donde la burbuja
parecía dudar de sus límites,
en esa perfecta circunferencia inundada de luz...
precisamente ahí estaba el germen de su destrucción.***
                                                                                     mao.
"Quería atrapar la luz...y vio morir a la luciérnaga entre sus dedos."


Texto y fotografía: mao.


miércoles, 21 de agosto de 2019

Del brazo ...

Ella sonrió, de soslayo.
Caminando con el tiempo del brazo
sintió que la ciudad se le brindaba como fruta de verano. 
Pero no era verano, era finales de un invierno, albores de primavera.
Aquello de vagabundear mirando vidrieras, registrar plantas en techos y balcones, pichones de palomas en frágiles cornisas, horneritos marcando el paso y todo el sol en las veredas era verdaderamente hermoso.
Tenía algo de siesta somnolienta y aroma de rosas tardías.
Le gustaba pensar que su pensamiento se grababa solo, que escribía todo lo que se le cruzaba, que escribía imágenes, dibujaba palabras, reía lágrimas y lloraba risas...si, porque en definitiva nada era tan claro, algo que fue aprendiendo en el transcurso de su vida.
Vio danzar abejas en las frutillas y las mitades fragantes de deliciosas naranjas, escuchó tantas voces diferentes a su paso, todas eran una, aunque fuesen independientes entre si.
Se detuvo azorada ante el rojo bermellón de las estrellas federales que asomaban, curiosas, sobre el viejo tapial amarillo azufre; un par de zapatillas abrigaditas le trajo a su madre, sonrisa abierta, rosquitas con almíbar. Todo era un gran carrousel y era la vida, y volaban pájaros sobre su cabeza, giraban flores azucaradas sobre tortas marmoladas de cumpleaños y en un viejo tocadisco celeste sonaban melodías dramáticamente cursis.
Se sentó en el banco de plaza esperando el colectivo. Vio pasar a los autos, persiguiendo semáforos, observó a sus vecinos... en cuál subirían, y a sabiendas de que ya no los vería nunca.
Extraña es la ciudad, junta y separa, destaca y convierte en anónimos a todos los seres con tan sólo dar la vuelta a la esquina.
Son las quince y treinta ya. Todos apurados. Y ella disfruta su languidez sin tiempo.
Se abren las cortinas metálicas de algunos comercios. Desde las vidrieras sonríen herméticos maniquíes modelos.
Los grandes letreros exponen artificios del consumo.
Los automovilistas se parecen a muñequitos frenéticos, yendo no sabemos dónde, a ver no sabemos a quién...
Un ciruja duerme, envuelto en viejas frazadas a cuadros, sobre un banco alargado.
Y allí arriba un cielo celeste se tiende, sin pliegues, en tanto las calandrias ofrecen canciones y ella les sonríe, al paso.
El corazón le late, vibrante, y desearía que nadie se marchara,
que por un instante todo fuera un acto de una obra imaginada.

Llegó el colectivo, se subió de prisa.
Y dejó cruzar la ciudad a través de la ventanilla de sus ojos.***

                                                    Texto y fotografía: mao.


Mundos paralelos...

viernes, 16 de agosto de 2019

Signos.

Sin espejos, no la ha visto caer,
sobradamente sabe que es una lágrima.
Y mientras mira, sin ver quizás, piensa 
que ya es tiempo de dejarlas correr,
hasta que se agoten en medio de la angustia,
hasta que truequen en sonrisas tibias, en 
carcajadas francas.
Y nada le parece en este instante más bello
que el sonido acompasado del reloj de pared,
y aquellas campanadas, con sabor a natillas
y perfume a leña, con trinos de pájaros en la 
aurora y lánguidos crespines en los atardeceres.
Entonces dibuja, dibuja líneas rectas y curvas,
traza callejuelas de tierra y empedradas,
recorta retazos estampados, mientras oye el
rítmico pedal en la máquina de coser;
más allá de las ventanas los naranjos de verano,
en la esquina el cedrón, sobre la veredita la planta
de la fortuna, las voces que regresan, una tras otra,
todas a la vez...
Noches frías crepitantes al fuego de la vieja cocina.
Mates que pasan de mano en mano,
tazones de loza, el cajón de los cubiertos,
las pavas negras, siempre con agua caliente,
las estampas de Molina Campos en la pared,
los calendarios, las fuentes rectangulares...

Doce campanadas en el viejo reloj.
Presidiendo el comedor los retratos ovalados de los abuelos.

Ha visto partir a tantos ya...todos amados.
Se aferra a los relatos, a la memoria,
los trae una y otra vez.
Se siente así menos frágil.

Su padre la abraza, la tapa por las noches.
Su madre reza con ella el "ángel de la guarda".

En una escalera eterna
se suceden los escalones gastados.

Y es la vida tan sorprendente,
como también lo es la muerte.-

sábado, 30 de marzo de 2019

La soledad de los objetos...

De repente me vi, fuera del mundo, más allá de lo inteligible.
Y en el silencioso espacio de lo que llamamos vida
yacían mis objetos, como esperándome.
Aquí y allá los libros, los olvidados, los antiguos, los nuevos.
Mis cuadernos de escritura, las pequeñas libretas ayuda-memoria,
la taza preferida, el espejo del aparador antiguo,
las cajas con fotos, las historias rotas, los sueños a cumplir.
En el placard los vestidos de fiesta, los trajes de danza,
el vestido bordado del ajuar de mi tía, mis guardapolvos del
Jardín de Infantes, el de la Primera Comunión...
Las aspas del ventilador detenidas, la cama sin tender,
cortinas bajas, sillas con almohadones, una birome azul.
En la cochera el auto que ansía las rutas, y en el techo
los llamadores de ángeles, los atrapasueños.
Un racimo de uvas negras, una frutera, los recuerdos
recientes de los objetos amados por mi abuela y mi madre.
La puerta cerrada. Las plantas...tristes. Y una nube blanca
pasando despacio sobre mi lapacho rosa.
El jazmín esparciendo aromas de nostalgia,
errantes los caracoles, callados los pájaros.
Una pequeña olla, un par de cubiertos, un vaso azul, dos
compoteras, la cuchilla de mi padre, su ponchillo beige, la biblioteca de mi hijo,
su escritorio, sus pinturas, las cajas con apuntes,
mi computadora, las agujas de tejer, los ovillos, el centímetro,
los collares de mis perros, las cuchitas revueltas,
los dibujos de mi sobrina, mis peluches, mis muñecas.

Y llegarán ellos, propios y extraños, y casi sin reconocer
a los testigos, pasarán raudos, esquivando el llamado,
aferrados al presente.

Consciente de todo me pregunto si he muerto.
Elevando mi mano tejo los recuerdos.
Y quizá lloro...por ellos, por mi, por los otros.

Absoluta visión de lo efímero, y de lo trascendente.*

Y un haz de luz iluminó aquel sendero...
                                                                                            Texto y fotografía: mao.