Las cosas que me gustan...

  • Me agradaría saber que pertenezco a una especie que fuera capaz de respetar la vida en todas sus expresiones y convertir al Planeta en un gran hogar para todos...

domingo, 12 de abril de 2020

En tanto mis ojos...

Sentada allí, frente al ventanal...
serenos los pájaros,
serena la brisa,
tumultuosa su alma.
Y la música, eterna compañera,
expandiéndose al compás
del palpitar en sus venas,
abriendo cofres de recuerdos,
sanando algunas heridas,
dulcificando sinsabores.

La fiesta de las rondas,
la biblioteca vidriada,
los tacos altos,
el pañuelo bordado,
los macachíes rosa.

El vuelo en sus brazos,
la falda tableada,
ideales intactos,
la vida por delante.

Los años que pasan,
escenarios cambiantes, 
la mirada asombrada...
a pesar de todo,
a raíz de todo.

Y el sendero actual,
despoblado de otros pasos,
fantasmas amados
acompañan su marcha.

Frente al ventanal,
un pocillo humeante,
un libro entreabierto,
las luces  titilantes.

Y así siguen pasando,
cual diapositivas,
los fragmentos desordenados
de su alma,
acunados por voces
poco a poco olvidadas...

Notas en el piano,
luna plateada,
hojas blancas.

Es noche y te traigo,
frente al ventanal
me miras...
Y todo se esfuma,
en una cometa
de estrellas doradas.***



¿Y acaso dependía de alguien más lo que ella recordara?

viernes, 3 de abril de 2020

La barca.

No sabe si el sonido del agua
va debajo de sus pies,
recuerda -o cree recordar-
era el barco-vapor,
y sus manitos apretadas
a la falda de su madre...
la mirada lejana de su padre,
hundiéndose en la tarde
trágica de su propia orfandad.

La plaza, aquel banco,
cómo sospechar sobre el presente
protegido, cómo prevenir
y cambiar la escritura,
artilugios vanos, disfrazar
realidades, cambiar de senderos,
esquivar las piedras, tomar un atajo.

Y los años...los años y el tiempo,
la brisa que pasa,
los espejos rotos,
los portaretratos.

El barco, el plafón de madera,
el puerto, el ancla.
El Capitán, las pisadas rápidas.

Ligeras las olas sobre el río de los pájaros,
sueños como aves trémulas en su flequillo corto,
en su vaporoso vestido a lunares.

Presente.
No están...ellos ya no están.
Los gaviotines blancos,
los patos siriríes,
la calandria cantora.

Canastos con siemprevivas,
amarillas y rojas, rojas y amarillas.
Caminos tan largos,
refugio sin brazos,
y el río que pasa, el río que pasa,
no vuelve...se marcha.

Memorias.
Siesta ensangrentada.
Mirada quebrada.
Gotitas de sangre, flores de altos talles,
los fardos de pasto,
el tordillo blanco.

Y ahora que soy casi como el río,
que paso, que fluyo...y me marcho...

                                                           Texto y Fotografía: mao.


Y en aquel espejo fragmentos y todo inundaron su alma...

viernes, 6 de marzo de 2020

En sepia...

   Desplazarse, caminar, dejar que la brisa me acompañe, sentir que somos una y sonreír.
Atrás han quedado, como detenidas en el tiempo, la interminable sucesión de rostros y de imágenes, las risas, las lágrimas, los anhelos truncos...
Un viejo y descascarado muñeco de yeso, vestido de azul, en sillita de madera. La calle es tan larga, tan infinitamente larga.
Los postigos verdes golpean, llaman... tal vez ellos los cierren, y será para siempre.
Una niña canta junto a los pájaros, encaramada feliz en la rama del mimbre gigantesco...o no tanto tal vez, sólo que ella es pequeña y frágil.
Antes, mucho antes, otra niña trepaba a los árboles para ver desde lejos llegar por el campo a su mejor amiga, Nené, mi madre, mi abuela, mis raíces.

Y arriba, arriba, surcaban los sueños caminos de estrellas.-***
Hubo un tiempo en el cual todo era posible...

miércoles, 12 de febrero de 2020

Pinceladas.

   Amo los instantes donde sueño que puedo detenerlos,
como cuando rodeo con la mirada el contorno de la luna,
la forma de un rostro, la magnificencia de un paisaje...

   Me gusta creerme dueña del silencio, amiga de la brisa,
traductora de los pájaros, e hilvanar canciones con versos
que no riman y notas bailadoras.

   Y suelo detenerme en medio de la gente, sólo para percibir
que no estoy robotizada; mirar los parpadeos del sol entre las 
verdes frondas de los árboles y los círculos perfectos en la
superficie del agua.

   Imaginar, por ejemplo, que cada tanto soy niña nuevamente,
e intrépida me subo a las ramas del mimbre, y vuelvo a escuchar, con profunda alegría, las voces de mis seres amados.

   Que amaso con fruición el barro y aparecen figuras pequeñas
de animales; que sigo atenta el vuelo errático de las mariposas y en las noches de verano me dejo guiar por los bichitos de luz.

   Es la infancia que nunca se marcha para siempre, que regresa y se instala en medio de mi pecho cuando estoy muy triste, que me seca las lágrimas si se pelan mis rodillas y me convida masitas con azúcar impalpable.

   Y es así como logro hablar con las hormigas, escuchar las abejas, y en los otoños dorados esconderme en los huecos de los 
árboles viejos y desplegar mi biblioteca diminuta de cuentos entrañables, de relatos familiares, de conversaciones bajo las 
estrellas, con faroles suspendidos de la luna, en cuarto creciente, o menguante...

   ¿Y cómo asegurar que no existen esos mundos?
Yo sostengo que sí...nadie encontrará argumentos para convencerme de lo contrario.***



Inolvidables voces anidan en mi alma...

jueves, 26 de diciembre de 2019

La última oración...

Sentado allí, a la orilla de la nada,
con esa expresión tan dolorosa
que me impidió verte en tu versión de niño...
Eras como la última brasa convertida en ceniza gris,
como la úlcera cruel de un dolor que se arrastra,
como grilletes pesados del sinsentido.

Y yo...que sin comprenderte tanto te he descifrado,
sentí que ya no había palabras, que habían muerto
los discursos, que mi imaginación no podía 
fabricarte un mundo, dotarlo de sentido y
prestártelo...como cuando éramos chicos.

Entonces me derrotó el cansancio,
el llanto hizo un nudo fuerte en mi garganta,
no quise verte así...tan derrotado...***

                                                              Texto y fotografía:
                                                                                         mao.
                                                                                       

sábado, 30 de noviembre de 2019

La frontera.

Justo allí, donde la burbuja
parecía dudar de sus límites,
en esa perfecta circunferencia inundada de luz...
precisamente ahí estaba el germen de su destrucción.***
                                                                                     mao.
"Quería atrapar la luz...y vio morir a la luciérnaga entre sus dedos."


Texto y fotografía: mao.


miércoles, 21 de agosto de 2019

Del brazo ...

Ella sonrió, de soslayo.
Caminando con el tiempo del brazo
sintió que la ciudad se le brindaba como fruta de verano. 
Pero no era verano, era finales de un invierno, albores de primavera.
Aquello de vagabundear mirando vidrieras, registrar plantas en techos y balcones, pichones de palomas en frágiles cornisas, horneritos marcando el paso y todo el sol en las veredas era verdaderamente hermoso.
Tenía algo de siesta somnolienta y aroma de rosas tardías.
Le gustaba pensar que su pensamiento se grababa solo, que escribía todo lo que se le cruzaba, que escribía imágenes, dibujaba palabras, reía lágrimas y lloraba risas...si, porque en definitiva nada era tan claro, algo que fue aprendiendo en el transcurso de su vida.
Vio danzar abejas en las frutillas y las mitades fragantes de deliciosas naranjas, escuchó tantas voces diferentes a su paso, todas eran una, aunque fuesen independientes entre si.
Se detuvo azorada ante el rojo bermellón de las estrellas federales que asomaban, curiosas, sobre el viejo tapial amarillo azufre; un par de zapatillas abrigaditas le trajo a su madre, sonrisa abierta, rosquitas con almíbar. Todo era un gran carrousel y era la vida, y volaban pájaros sobre su cabeza, giraban flores azucaradas sobre tortas marmoladas de cumpleaños y en un viejo tocadisco celeste sonaban melodías dramáticamente cursis.
Se sentó en el banco de plaza esperando el colectivo. Vio pasar a los autos, persiguiendo semáforos, observó a sus vecinos... en cuál subirían, y a sabiendas de que ya no los vería nunca.
Extraña es la ciudad, junta y separa, destaca y convierte en anónimos a todos los seres con tan sólo dar la vuelta a la esquina.
Son las quince y treinta ya. Todos apurados. Y ella disfruta su languidez sin tiempo.
Se abren las cortinas metálicas de algunos comercios. Desde las vidrieras sonríen herméticos maniquíes modelos.
Los grandes letreros exponen artificios del consumo.
Los automovilistas se parecen a muñequitos frenéticos, yendo no sabemos dónde, a ver no sabemos a quién...
Un ciruja duerme, envuelto en viejas frazadas a cuadros, sobre un banco alargado.
Y allí arriba un cielo celeste se tiende, sin pliegues, en tanto las calandrias ofrecen canciones y ella les sonríe, al paso.
El corazón le late, vibrante, y desearía que nadie se marchara,
que por un instante todo fuera un acto de una obra imaginada.

Llegó el colectivo, se subió de prisa.
Y dejó cruzar la ciudad a través de la ventanilla de sus ojos.***

                                                    Texto y fotografía: mao.


Mundos paralelos...